Los impulsos comienzan como sensaciones físicas. Detente e identifica qué es lo que sientes y dónde lo sientes: ¿En tu estómago? ¿En tu cabeza, cuello, pecho?
Aumenta tu percepción emocional.
Busca conectar la sensación física con una emoción. ¿Por qué estás tenso? ¿Acerca de qué te sientes enojado? ¿A qué le temes?
Presta más atención a tus impulsos.
¿Los sentimientos que acabas de notar hacen que quieras tomar acción? ¿Qué quieren que hagas?
Toma conciencia sobre las consecuencias.
Pregúntate cuáles serían los resultados en el corto y en el largo plazo si es que ejecutas esa acción. Volverte consciente de las consecuencias indeseadas de esa acción servirá como un disuasivo.
Enfoca tu creatividad sobre las soluciones.
Pregúntate qué alternativas tienes. ¿Cuál de ellas produciría el mejor resultado? Imaginar las cosas buenas que sucederán si actúas de forma constructiva podría servir como incentivo para el cambio.
No importa qué tan destructivo sea, un comportamiento de autosabotaje tiene un propósito. Y no importa qué tanto quieras dejar de caer en él, en cierta medida podrías tener miedo a dejarlo atrás a favor de algo nuevo. Posiblemente te preguntas: ¿qué tal si el nuevo comportamiento no funciona y las cosas empeoran? Por esa razón, una clave para romper la inercia es cambiar tu perspectiva de lo que estás dejando a lo que estas obteniendo. De otro modo, ya aun después de que hayas realizado un “firme” compromiso para cambiar, podrías regresar con facilidad a tus costumbres de autosabotaje ante el primer obstáculo que encuentres.
Si tienes un tropiezo, en lugar de culparte hasta la muerte por cometer ese error, convierte tu autodesprecio en autodeterminación. Pregúntate, ¿qué podrías hacer mejor si pudieras hacerlo otra vez? Desarrolla un plan de acción para la próxima vez que surja esta situación.
Recuerda que un comportamiento de autosabotaje tiene un propósito. No lo pierdas de vista.
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