Ser realmente disciplinado requiere que desarrolles la capacidad de actuar sin ser demasiado precipitado, y sin perder mucho tiempo. El momento de actuar es apenas tengas una idea—cuando la idea está caliente y la emoción al tope, no cuando la emoción decae y la idea se enfría. Si no actúas en ese momento, caerás víctima de la ley de la intención decreciente. Un mes después de haber tenido la idea y no haber hecho algo al respecto, tu pasión habrá desaparecido—después de un año, ni siquiera recordarás la idea que tuviste.
Así que, actúa.
Establece disciplina cuando la emoción esté alta y tu idea esté clara y sea poderosa. Tienes que actuar en ese momento, de lo contrario, la sabiduría se perderá. El entusiasmo que generó la idea se desvanecerá, a menos que actúes con disciplina, ya que ésta te permite capturar la emoción y la sabiduría y convertirlas en acción.
El mayor fruto que trae la disciplina es el amor propio, también conocido como autoestima, porque una vez que detectas la falta de disciplina en ti mismo, eso comienza a afectar tus pensamientos y tus emociones.
Una de las mayores tentaciones es relajarse un poquito. En lugar de hacer lo mejor que puedas hacer, te permites hacer las cosas no tan bien como las podrías hacer. En ese momento, habrás empezado de la manera más sutil a disminuir tu autoestima.
Incluso la más pequeña negligencia puede llegar a ser un gran problema, porque las negligencias comienzan a afectarte como lo hace una infección. Si no te haces cargo de ella, se convierte en una enfermedad—y una negligencia llevará a otra. Una vez que esto suceda, ¿cómo podrías recuperar tu autorespeto?
Actuando ahora.
Comienza con la disciplina más pequeña. Comprométete contigo mismo: “Me voy a disciplinar para lograr mis metas, de modo que durante los próximos años pueda celebrar mis triunfos y mi éxito”. Si quieres incrementar la fuerza de tu compromiso, hazlo público o compártelo con tu grupo de amigos más cercanos.

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